la víspera del día de todos los santos, los muertos vuelven a la tierra y los vivos deben ofrecerles algo a cambio de su paz.
si no reciben lo que esperan, arrasan con la casa del ingrato, sus pertenencias o su persona, riendo de los destrozos que dejan a su paso.
por primera vez en muchos años tengo algo para ellos.
14.10.20
En la semana la muerte de mi abuelo, el aniversario de la muerte de mi padre. Los dos caballos, como yo.
Nos preguntamos con mi prima por qué todo en octubre. El sol es tan radiante. Si no, terminaríamos entre los vagones del tren.
Le estoy escribiendo un poema épico a mi abuelo, digo. Épico significa de guerra, me ilustran. Mi abuelo era un guerrero, me río.
Antes de ir a dormir leo Confucio en La Nación:
si uno se topa con gente buena, debe tratar de imitarla, y si uno se topa con gente mala, debe examinarse a sí mismo.
Nos preguntamos con mi prima por qué todo en octubre. El sol es tan radiante. Si no, terminaríamos entre los vagones del tren.
Le estoy escribiendo un poema épico a mi abuelo, digo. Épico significa de guerra, me ilustran. Mi abuelo era un guerrero, me río.
Antes de ir a dormir leo Confucio en La Nación:
si uno se topa con gente buena, debe tratar de imitarla, y si uno se topa con gente mala, debe examinarse a sí mismo.
2.10.20
24.9.20
No soy Van Gogh ni Susanita.
Perdí a mi padre que era todo. Mi capital y mi deuda, mi oponente, mi aliado, la única persona que podía darme la felicidad en la mano o con una sola palabra.
Dejé el alcohol y los amantes. Las drogas que me hacían colgarme de los puentes. El café y los cigarrillos.
Hay días en que quisiera haberle regalado mi casa al linyera de la esquina y salido a buscar la vida. Haber tenido diez hijos en vez de uno para permanecer en la feliz anarquía del desborde. Días en que hubiera preferido estudiar publicidad, abortar, casarme bien, tener muchísima plata. Que no me importe la ceniza en la alfombra ni quemar billetes de cien. Como a los millonarios, como a los delincuentes juveniles.
Me quedan los libros. El fuego, el calor de establo, los libros, dormir abrazados, hacer la tarea y los libros.
Cuartos con espejos, selva urbana y de la otra, desiertos, efritas insaciables, gitanos, rivales de la muerte concebidos por hombres que a veces no regalaban sus casas, hombres algunos que no cambiaban de mujer todas las noches. La vida de esos hombres me consuela con la expectativa seguramente falsa de que un día voy a ser como ellos. Las criaturas que engendraron me completan.
Perdí a mi padre que era todo. Mi capital y mi deuda, mi oponente, mi aliado, la única persona que podía darme la felicidad en la mano o con una sola palabra.
Dejé el alcohol y los amantes. Las drogas que me hacían colgarme de los puentes. El café y los cigarrillos.
Hay días en que quisiera haberle regalado mi casa al linyera de la esquina y salido a buscar la vida. Haber tenido diez hijos en vez de uno para permanecer en la feliz anarquía del desborde. Días en que hubiera preferido estudiar publicidad, abortar, casarme bien, tener muchísima plata. Que no me importe la ceniza en la alfombra ni quemar billetes de cien. Como a los millonarios, como a los delincuentes juveniles.
Me quedan los libros. El fuego, el calor de establo, los libros, dormir abrazados, hacer la tarea y los libros.
Cuartos con espejos, selva urbana y de la otra, desiertos, efritas insaciables, gitanos, rivales de la muerte concebidos por hombres que a veces no regalaban sus casas, hombres algunos que no cambiaban de mujer todas las noches. La vida de esos hombres me consuela con la expectativa seguramente falsa de que un día voy a ser como ellos. Las criaturas que engendraron me completan.
14.9.20
12.9.20
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